A pesar de que se han conseguido avances específicos, la igualdad de género es, hasta nuestros días, un proyecto en construcción que avanza de forma muy lenta en toda Latinoamérica.
Sabemos que el género es un concepto creado socialmente que impone diferentes roles sociales e identidades a hombres y mujeres. Pero estas diferencias no suelen ser imparciales: en todas las sociedades el género es una importante forma de estratificación social. Aunque los roles de hombres y mujeres varían de una cultura a otra, no se sabe de ninguna en donde la mujer tenga mayor poder. Así es como los roles masculinos suelen estar mejor valorados y recompensados que los femeninos. La división del trabajo predominante entre los sexos ha hecho que hombres y mujeres ocuparan posiciones desiguales desde el punto de vista del poder, prestigio y la riqueza. Las diferencias de clases siguen sirviendo como base de las desigualdades sociales. A pesar de los cambios sociales y del nuevo lugar que ocupa la mujer en la sociedad, casi a la par del hombre, subliminalmente aún persisten.
Es incuestionable que en el fondo el hombre no es capaz de aceptar el nuevo rol de la mujer, cuando ella es capaz de blanquear su verdadero protagonismo en el hogar, de ganar dinero, de exigir que se respete su voluntad y su libertad de pensamiento.
El concepto de equidad de género tiene que ver con el trato igualitario entre hombres y mujeres en lo que se refiere a derechos, beneficios, obligaciones y posibilidades; aun cuando existen evidentes diferencias fisiológicas entre ambos, las oportunidades de progreso deben ser idénticas. Sin embargo, en la realidad la igualdad está repetidamente alejada, reprimida entre bastimentos culturales que ciegan nuestra visión y obstaculizan nuestro proyecto como humanidad.
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