-Casi todos los viajeros que visitaron la provincia del Paraguay y la región circundante coinciden en observar que la conducta sexual de las mujeres y hombres era “muy a menudo, bastante relajada”.
-¿Qué significaba eso?
-Pues bien. El Paraguay siempre fue una provincia de frontera y contención de límites con respecto al resto del virreinato, en constantes choques guerreros con indios y como tal, confinada, sin el incentivo de ser una tierra rica en metales. Esto hacía que autoridades civiles y eclesiásticas se lo pensasen dos veces antes de elegir la provincia como destino; por lo tanto, normas y reglas, de todas la índoles, eran menos controladas que en el resto de América.
-¿Involucraba esta característica a las uniones de parejas?
-El concubinato era muy extendido durante la Colonia, en parte debido al sistema que los españoles implementaron en los primeros tiempos de la Conquista y por otra parte —más cerca del período de la Independencia— por el tiempo que un hombre debía estar fuera de la casa cumpliendo el servicio militar en las fronteras durante las reformas borbónicas. Es decir, tal como hoy, fuera de la élite, las mujeres consideraban el casamiento o unión siempre y cuando exista un amor traducido en compañerismo y ayuda mutua más que por presión social. No había una edad preestablecida para las relaciones sexuales, y sí, en qué grado de parentesco era tolerable. Como decían antes, la élite, conservadora y católica practicante, trataba de observar ciertas reglas respecto a ello, pero en la inmensa mayoría, la sexualidad se empezaba a explorar aproximadamente desde los 14 y 15 años, tanto para mujeres como para hombres.
-¿A qué edad se casaban las personas?
-La edad ideal para el casamiento era pasando los 24 años, pues recién ahí se era mayor de edad y se podría elegir pareja sin la anuencia de los padres, aunque bien, tampoco se podría fiar uno de ello. Félix de Azara había hecho una observación sobre las jovencitas de la campaña, diciendo: “yo no creo que ninguna de estas mujeres conserve su virginidad pasados los 8 años”. Dada la formación de él, puede ser esta una reflexión exagerada pero que sí ilustra, junto con el resto del párrafo, que el amor en sí era libre.
Clases sociales, abolengo, infidelidad
-¿Cuál es un ejemplo relacionado con aquella época?
-Hay un caso muy ilustrativo que sucedió un poco más de 10 años antes de la Independencia. Una mujer viuda llamada María Ortiz de Vergara, pobladora de Capiatá, pidió al gobernador que intervenga en la boda de su hijo Joseph Acosta con María Pavón. El motivo era el típico, dada la alta clase social y abolengo de la madre: el hijo iba a casarse con una mujer mayor, madre de 5 hijos y nieta de un esclavo. Algo prohibido y sumamente vergonzoso para la época. Pese a que el joven manifestó ser mayor de edad y amar a la novia, el gobernador, finalmente impidió no solo el casamiento sino la convivencia misma, ya que ambas sangres no podían mezclarse. El Dictador también mantuvo esas antiguas leyes españolas. Aunque existiese amor, la descendencia de cualquier tipo de gente de color, más allá del color de la piel, era prohibida. Para la sociedad próspera económica que enfrentó la Revolución de Mayo, lo más natural era el matrimonio entre ellos mismos buscando perpetuar el apellido y las fortunas. Aunque, por supuesto, no estaban exentos de infidelidades masculinas y, en grado menor, las femeninas.
-¿Existen referencias acerca de esas infidelidades?
-De las masculinas hay registros en el Archivo Nacional, siempre que el problema mayor sea un derivado de esa conducta. Es decir, si la infidelidad suponía que el marido se ausente de la casa y haga faltar el alimento, o que tenga hijos extramatrimoniales y no los ayude. Los padres paraguayos, si bien no se casaban con las madres la mayoría de las veces, reconocían a sus hijos otorgándoles algunos que otros bienes, pero no siempre el apellido, pues ello en realidad no tenía mucha importancia. Las infidelidades femeninas, en cambio, siempre estaban envueltas en escándalo. También en este caso se tienen noticias en el Archivo, cuando ello provoca una conducta violenta: golpes, maltrato, asesinato o cortes de cabello. A veces, como las relaciones entre esclavos o indios no eran aceptadas por la sociedad que se reputaba como blanca o española, nada impedía que efectivamente se sucedieran a escondidas. Una mujer, soltera o casada, podía estar viéndose con un amante indio o esclavo, y si por alguna razón la relación se cortaba desde la mujer, a veces, el despecho del amante era vengarse públicamente cortándole la larga cabellera que usaban las mujeres coloniales bruscamente y en público. Sin decir palabra, el hombre aparecía montado o no, y cuchillo en mano, recortaba las trenzas de la mujer violentada y huía llevando consigo el cabello. Normalmente era la prueba de una relación clandestina, que motivaba siempre que ya sea el marido o el padre haga buscar o ejecutar en algunos casos al malhechor. El relacionamiento de los amos de la casa con sus esclavas se creería que hasta era normal y bajo ningún punto de vista comentado públicamente, por lo tanto, casi nada denunciado si existía algún exceso.
Serenatas y esquelas
-¿Cómo eran las conductas amorosas?
-Sobre las conductas amorosas, también los viajeros hacían las observaciones. Las mujeres paraguayas eran directas para concretar una relación, ya que normalmente se ocupaban ellas mismas de su sustento; el flirteo no se extendía demasiado. Las serenatas eran lo clásico para agasajar a la pretendida. Todavía se lee en los periódicos de inicios del siglo XX de qué modo se criticaba la serenata como un acto vulgar, ya que los aires de la modernidad irrumpían en la Asunción, pero durante todo el siglo XIX, junto con las coplas cantadas (versos con algo de ritmo) eran lo estilado. Lo eran también las esquelas de amor. Con algunos hombres no había problemas para que escriban las “cartas”, pero con la mayoría de las mujeres sí, ya que la formación que recibían no era la misma y tampoco la educación en ellas era importante. Así que el medio para que los enamorados furtivos se encuentren por medio de mensajes escritos era que la mujer pagaba a un escribiente el trabajo de hacer la carta a nombre de ella. Muchos padres ponían como pretexto que no enseñarían a sus hijas a leer para que no puedan cartearse a escondidas con el novio. Increíblemente, en una entrevista que hice hace semanas en Pedro Juan Caballero, la señora Juana de Benítez me dijo que su padre también decía eso en 1930. Comparativamente, el tenor de las cartas de amor no ha cambiado mucho a la fecha.
-¿De qué modo se festejaban los casamientos?
-Hay muy pocas descripciones de lo que era una fiesta de bodas, ya que como se ve, eran porcentualmente escasas. Pero también porque no interesaban nada más que como anécdotas. John Robertson describe en uno de sus libros sobre Paraguay lo que era una fiesta en 1820, que bien podría también entenderse como un similar festejo de matrimonio: las invitaciones eran personales ya que las tarjetas no existían; la comida abundante, igual que las bebidas alcohólicas y los jugos, los juegos de azar, los dulces, la música, integrada por violines, guitarras y voces. Cigarros para fumar y mucho baile, normalmente hasta bien entrada la madrugada. Contaba Rengger, un médico que vivió en el Paraguay de Francia, que cierta vez una señorita quería pasar la noche en su cama con un capitán pero sin que se enteren sus padres, y recurrió al médico para que le recete una pócima que —naturalmente— los haga dormir profundamente.
-¿Cuál era la legislación acerca de las bodas?
-Cuando Francia asume el poder, ya desde 1814 ordenó una disposición que afectó profundamente la composición “legal” del matrimonio en las capas altas: prohibió el casamiento entre europeos y extranjeros de cualquier lado con cualquier tipo de paraguaya, exceptuando a las negras o indias de los pueblos. Como en la clase alta se casaban siempre “entre ellos”, estas leyes lo que consiguieron fue que las uniones libres y el concubinato o “escandalosa vida” se acrecienten aún más. Una vez que Carlos Antonio López llegó al poder en la década del 40, trató de todas las formas de perseguir a las personas para que contraigan matrimonio y utilizó todos los recursos estatales para ello: visita del juez a la casa de la pareja, apercibimiento, notificaciones, amenazas de confinamiento tanto para hombre como para mujeres, etc. Pese a todos los esfuerzos del presidente, lo que se logró no fue tan significativo: las mujeres seguían optando, si bien no siempre por casarse, por tener hijos sin necesidad de estar reconocidos.
-¿Importaba el amor?
-Por los legajos civiles de —al menos— la primera mitad del siglo XIX, una cosa era clara: un matrimonio no existía para una paraguaya si no había amor, y el amor era ayuda mutua y compañerismo. Aunque no es posible cuantificar, en algunos casos también existen los matrimonios impuestos por los padres, que normalmente derivaban en un pedido de divorcio ante la Iglesia cuando los cónyuges afirmaban no quererse más o cuando la esposa era muy golpeada o abandonada. En la demanda por divorcio de María Manuela Aponte contra Simón Cañete en 1822, ella decía: “Y si se dice, debe estar sujeta al marido, es únicamente en aquello que le convenga a la felicidad espiritual de ambos, porque tampoco ella es esclava sino muy ingenua e igual en todo a su esposo, pues de lo contrario no sería compañera sino sierva, lo cual es falso”.
-¿Cómo era la vida de las mujeres que optaban por no casarse, y no tener familia?
-Lo contrario a una mujer casada o no, pero con hijos, eran las solteronas. Durante la Colonia, las solteronas no eran mal vistas; eran mujeres a las que se les había “pasado la edad florida” por varios factores que entre la clase alta podía ser el hecho de no tener suficiente dote que ofrecer el futuro marido. Normalmente, si no contraían matrimonio, quedaban al servicio de la Iglesia o de los santos varios. Entrado el siglo XX, cuando el liberalismo exigía distanciamientos entre Estado-religión, las solteronas pasaron a ser motivo de burlas, ya sea en la prensa satírica como en coplas varias. Si en pleno siglo XIX había motivos para querer huir de la soltería, a inicios de 1900 los había aún más.
Cartas y poesías
-¿Existía el romanticismo?
-Con la implementación de las academias literarias y la reapertura de las clases superiores de enseñanzas que fueron relegadas en el período francista, renació entre los jóvenes, especialmente asuncenos, el arte de amar a través de la literatura y la poesía. La implementación de la prensa también traía consigo la posibilidad de que los alumnos dediquen versos anónimos a sus bellas, también identificadas solo con iniciales. En los finales del siglo XIX con una alta cantidad no solo de periódicos, sino de folletos y revistas, mucho más corriente se hizo la posibilidad de dedicar públicamente versos por escrito. También a finales del siglo XIX se puso de moda el envío de románticas postales. En la época de Francisco Solano López, él y Elisa Lynch disfrutaban mucho en pareja de literatura y versos eróticos que normalmente debían ser copiados a mano de otros libros, ya que la comercialización de este tipo de lectura no era bien vista. La sociedad de la posguerra hizo que la clase alta se aleje en costumbres de las clases inferiores. Los bailes ya no eran comunales, la gente de sociedad solo bailaba en casas y algunos clubes privados que luego se fueron fundando; por lo tanto, el flirteo también cambió, el uso de flores en los vestidos de las niñas casaderas, las ubicaciones que ellas debían tener al entrar a un salón para que un galante observador se dé cuenta de quiénes estaban disponibles. Ceder un baile, dos, retirarse luego, todo ello tenía que ver con las nuevas costumbres de la “modernidad”. Hay una carta publicada en un diario de 1876, rescatada por el historiador Alberto Moby, de una tal Teodosia, que decía lo siguiente: “Soy soltera, joven de 18 años y con un capital de 3000 pesos fuertes que me los dio uno que era mi novio, en señal de compromiso. Pero sucede que ese joven tiene algunas ocurrencias que no me gustan y he resuelto dejarlo a un lado. Por este motivo le pido (al redactor) haga saber que estoy dispuesta a aceptar la mano de cualquier joven buen mozo, que sea apasionado, ardiente y de buenas costumbres, además que cuente con un capital diez veces mayor que el mío, porque la felicidad conyugal está en relación con la cantidad de pesos. Si alguno se presenta, espero que me avise para arreglar el contrato”.
Esta carta demuestra un hecho característico en la sociedad urbana paraguaya de finales del siglo XIX, que para todos los bohemios “minaba el amor”: la necesidad de casarse según las condiciones económicas para perpetuar fortunas.
Normas establecidas
-¿De qué manera influían la moral, educación y costumbres?
-Algo que también empezó a condicionar las formas de entender el amor, propias del liberalismo, fueron las clases que desde el Estado, al menos desde 1915 se empezaron a impartir sobre deberes domésticos y disciplina moral:
“(...) Deberes de las mujeres con sus maridos: La sumisión racional y la afectuosidad, condiciones esenciales de la mujer. La economía. La prudencia. La moderación y la escrupulosidad deben constituir la norma de sus conductas en todos los aspectos”(…), pág. 135 del plan de estudios para escuelas primarias.
Como se verá en esta breve reseña, el amor, en su esencia, poco ha cambiado en nuestros días. Tal vez sí se puede agregar, que la presión social de la moralidad no era tal, al menos, en los primeros 40 años de nuestra Independencia, y que tanto mujeres como hombres lo disfrutaban en alguna libertad. Fueron las costumbres las que sí fueron cambiando, aunque también la intimidad se vio poco afectada. Evito detallar cómo eran los actos sexuales, ya que no es el tema central, pero sí que siguen siendo casi de la misma forma y con las mismas intensidades tal como sus celos derivados. En el 1900, por caballerosidad, un hombre jamás debía guardar consigo las cartas que le fueron escritas por una exnovia. Debía entregárselas de vuelta a ella, independientemente de quién había cortado la relación. Ella podía guardarlas un tiempo pero ante la posibilidad de un matrimonio con otro, debía quemarlas.
-¿Cómo se desarrollaba la amistad, coqueteo, noviazgo?
-Decía, por ejemplo, el libro “Los Atributos de un Caballero”, de 1907: “Nunca atropella sin ser invitado. Esta ley es categórica. No tienen que mirarla de arriba abajo sino a los ojos, haciéndole la cortesía de reconocerla primero como persona y solo observa sus demás encantos cuando el gesto de la dama se los pone en su línea de visión como parte natural del paisaje del amor... Por definición, caballero es un hombre de delicados sentimientos y de sensibilidad fina”.
Después de un amigo, las señoritas del 1900 pasaban a tener un “festejante”, alguien que no estaba obligado a frecuentar su casa ni hablar con la familia de ella, pero que siempre podía encontrarla en los paseos de la calle. La esfera pública era un lugar donde las mujeres no pertenecían, el lugar de ellas era la vida doméstica, por lo tanto debía haber muy buenas razones para andar caminando por ahí: las misas y las fiestas de santos eran la excusa perfecta para poder entablar conversación con hombres a los ojos de las demás personas. Siempre se podía salir entre semana y las posibilidades —de acuerdo a qué santo era— aumentaban con las procesiones y kermeses. Las mujeres jamás iban solas, siempre acompañadas de otras mujeres, niñas o una o dos esclavas.
Peineta dorada, anillo y dote
-¿Había mujeres que salían de dichos cánones?
-Un tipo de mujer libre en la época del siglo XIX era la kygua vera. Ella sí caminaba sin muchos miramientos en la vía pública. La distinguía la peineta dorada que llevaba en los cabellos y que señalaba en alguna medida su disponibilidad para alguna que otra cosa relacionada al amor. No hay que entender como prostitución porque no era tal, sino mujeres que decidían por ellas mismas qué parejas podían elegir utilizando —increíblemente— para la época, las mismas maneras que un hombre. Las kygua vera siempre eran mujeres independientes económicamente.
-Ante la boda, ¿había ceremonias de compromiso?
-Del anillo de compromiso con una piedra central o perla, no tengo noticia exactamente de cuándo aparece, pero con certeza, después de la guerra, y el novio lo entregaba en una cena donde quedaba de manifiesto la intención del casamiento. Se colocaba en el cuarto dedo de la mano izquierda. A veces, la prometida le regalaba también un anillo al novio. Cuando el compromiso quedaba sellado, ambas familias empezaban a frecuentarse con visitas por las tardes y cenas. Los novios nunca estaban solos; siempre que el hombre visitaba a la mujer, ella debía estar todo el tiempo acompañada de algún otro familiar varón o bien de su mamá. La misma regla se aplicaba a las salidas por el parque o el teatro. La ruptura del compromiso o promesa matrimonial era una falta tan grave, que en épocas de Francia o López podían dar pie a una demanda por daños en nombre del honor hacia el novio. El resarcimiento se hacía siempre en efectivo. Hasta bien entrado el siglo XX, era común que el novio espere la dote de parte de la familia de la novia porque, por leyes las mujeres no podían administrar sus bienes (algunas viudas sí, dependiendo de la situación), entonces, al entregar la dote, la familia de ella entregaba una parte de la herencia para que la administre el marido.